- ¡MAMAAÁ! ¡MAMAAÁ! - gritaba angustiosa la niña.
Al oír esto, mamá corría hacia la habitación y encendía la luz.
- ¿Qué te pasa, Lidia? - le preguntaba asustada su mamá.
- ¡Tengo miedo! - contestaba la niña entre lágrimas.
- ¿Miedo de qué? - volvía a preguntar la mamá.
- Miedo de pensar que debajo de la cama vive el monstruo de las dos cabezas, que en el armario se esconde una bruja mala, que detrás de las cortinas tejen su tela las arañas, que detrás de la estantería hay fantasmas... - dijo de carrerilla la niña.
- Ja,ja,ja... - se reía su mama - y, ¿por qué piensas todo eso?
- No lo sé - decía preocupada la niña.
Ni un día ni dos ni tres. Esto pasaba todos los días. Los papás de Lidia estaban desesperados, no sabían que hacer. Pasado un tiempo, a su mamá se le ocurrió una idea.
- ¡Lidia, ven aquí un momento, por favor, quiero decirte una cosa! - le llamó su mamá.
- ¿Qué quieres, mamá? Estoy ocupada jugando con mis muñecas... - contestó Lidia desde su habitación.
- ¡Te he dicho que vengas, es importante! - gritó enfadada la mamá.
Lidia, a regañadientes, fue. Su mamá estaba en el salón, sentada en el sillón y con un puñado de caramelos en la mano, eran amarillos, así que supuso que eran de limón. Se puso muy contenta, le encantaban los caramelos, y más, los de limón.
- Papá, ¿son para mí? - dijo emocionada.
- Sí, pero no son unos caramelos cualquiera, son "caramelos para no pensar, para pensar en cosas buenas nada más" - le contestó.
- ¿"Caramelos para no pensar, para pensar en cosas buenas nada más? - dijo extrañada la niña.
Mamá cogió a la niña en brazos y la sentó en sus rodillas. Le contó que tomándose un caramelo de estos, solo podía pensar en cosas bonitas. Lidia cogió uno, lo abrió y se lo metió a la boca rápidamente.
- Mmmmm... ¡delicioso! - exclamó.
Lidia había cenado y lavado los dientes y, como cada noche, su mamá le acompañaba a la cama, le arropaba, le daba un beso de buenas noches y apagaba la luz. Pero a los cinco minutos...
- ¡MAMAAÁ! ¡MAMAAÁ! - gritaba angustiosa la niña.
Al oír esto, mamá corría a la habitación y encendía la luz.
- ¿Qué te pasa, Lidia? - le preguntaba asustada su mamá.
- Te he llamado para que veas las nubes de colores que hay debajo de la cama, las princesas con coronas doradas que viven en el armario, los pajaritos que revolotean detrás de la estantería... - contestó contenta.
Su mamá se alegró mucho, la idea había funcionado, iba a apagar la luz cuando Lidia la interrumpió.
- Mamá, se me olvidaba decirte una cosa: TE QUIERO - dijo Lidia con una sonrisa de oreja a oreja.
Mamá sonrió, le dio un beso y las buenas noches y apagó la luz muy tranquila porque sabía que Lidia no se iba a despertar hasta que el perro del vecino se pusiera a ladrar.